domingo, 3 de noviembre de 2013

Obesidad y riesgo cardíaco


La obesidad es un factor de riesgo cardíaco puesto que además se asocia a la diabetes, la tensión arterial alta, el sedentarismo y las  hiperlipidemias.

Se trata de un problema epidemiológico tan serio que, según las predicciones de algunos investigadores médicos, amenaza con neutralizar la prolongación de la vida lograda durante los últimos cien años, siendo muy probable que los padres actuales lleguen a vivir más años que sus hijos.

Estadísticamente, los estadounidenses obesos alcanzan un 28%, y en el caso de los europeos esa cifra se eleva al 20%; los casos de sobrepeso, es decir que tienen un exceso menor al 20% por encima de lo normal, son muchos más.

Los niños están creciendo con dietas de fast food, son sedentarios dado que no sólo hacen menos actividad física sino que también pasan más horas frente al televisor y el ordenador, y esto, lamentablemente, está provocando que muchas personas jóvenes mueran antes que sus padres debido a la obesidad y otras enfermedades asociadas a ella.

La difusión de dietas milagrosas y modelos de belleza femeninos que promueven una delgadez patológica, hace que muchas personas se embarquen en dietas reducidas en calorías y nutricionalmente desequilibradas, provocando disturbios hormonales y una termogénesis insuficiente; estas desembocan en un cuadro en el cual una alimentación escasa sirve cada vez menos para adelgazar, sin embargo se continúa insistiendo con la ilusión de lograrlo comiendo cada vez menos y peor, y paradójicamente, engordando cada vez más o sufriendo escaladamente el conocido "efecto yo-yo".


"Para adelgazar hay que dejar de comer", un tip que se repite con frecuencia y es a todas luces erróneo y peligroso; en realidad, a mediano y largo plazo, dejar de comer es una garantía para engordar, porque tarde o temprano volveremos a la normalidad y asimilaremos más las calorías; en realidad, "para adelgazar hay que comer con inteligencia".

Una de las estrategias más apropiadas para controlar la obesidad, y que precisamente contempla las necesidades de los diabéticos, es la que enfatiza el consumo de alimentos con un índice glucémico (IG) bajo; hoy sabemos que los alimentos que tienen un IG elevado provocan desequilibrios hormonales que impulsan un mayor consumo y fijación de las grasas.

En su libro The Glucose Revolution, la profesora Jennie Brand Miller sostiene que los hidratos de carbono son los supresores naturales del apetito; en el caso de los refinados el efecto dura muy poco, y afirma que los integrales y de bajo IG son más eficientes.

Como todos sabemos, la insulina es la hormona encargada de regular los niveles de azúcar en la sangre, sin embargo, lo que ahora los científicos están comenzando a entender, es que la insulina también determina como almacenamos la grasa.

Las conclusiones de sus investigaciones determinan que, aún consumiendo la misma cantidad de calorías, las personas que prefieren alimentos de bajo IG tienen niveles más adecuados de glucemia en sangre, procesan mejor las grasas y las asimilan menos.

Entre los alimentos de elevado IG, y que deberían evitarse, podemos citar las harinas refinadas y sus derivados (pan, pastas, bollería), azúcar, miel, gaseosas, zumos industriales y frutas en exceso.

Los alimentos recomendables por su bajo IG son los cereales integrales (arroz, avena, cebada, mijo, trigo...) y sus derivados (pan y pasta), las verduras y las legumbres.

Personalmente enfatizo que, para obtener mejores resultados, prioricemos el consumo de pescado de mar como fuente preferida de proteínas si no somos vegetarianos; los aceites Omega 3 presentes en ellos harán una gran diferencia para sobrellevar la diabetes y proteger la salud cardiovascular. En caso de optar por una deseable dieta vegetariana, el lino, la chía o las nueces, constituyen buenas fuentes de estos ácidos grasos esenciales.

¡Universos de Bendiciones para que vivas cada día mejor!
Pablo de la Iglesia


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