sábado, 15 de junio de 2013

Inconvenientes de la alimentación actual


La alimentación tradicional siempre ha sido integral y natural. La vida moderna ha degenerado nuestra alimentación a tal punto que, no sólo la ha privado de muchos de sus principios nutricionales, sino que además, le ha agregado agentes extraños que perjudican la salud.

La refinación de los cereales y el azúcar han limitado la mayoría de las vitaminas, minerales y fibras que deberían contener; el pan, que tradicionalmente fue un aspecto central de la alimentación del ser humano, se ha convertido en un alimento muerto que no nutre y además entorpece los procesos digestivos. En los relatos de las diferentes guerras que azotaron a la humanidad podemos apreciar que mucha gente ha sobrevivido al hambre, al frío y a los trabajos forzados alimentándose únicamente de pan negro y papa cruda; muchos de los que pudieron contar su historia no lo habrían hecho si el pan hubiera sido blanco y refinado como el que se consume mayoritariamente hoy en día.

Además de lo que nos han sacado, debemos contar con que a nuestros alimentos le han agregado colorantes, conservantes, pesticidas y una amplia gama de aditivos que en el mejor de los casos aún no se ha podido comprobar contundentemente que sean precursores de numerosas enfermedades.

En muchos casos los aditivos alimentarios pueden llegar a ser justificados si se usan con sentido común; la súper población de las grandes ciudades obliga a un enorme movimiento de alimentos que vienen de todas partes y los aditivos son útiles para conservar la comida en buen estado y libre de agentes patógenos. Sin ser lo ideal, en estos casos, los aditivos son aceptables por ser una solución pragmática a este problema de la vida moderna. Resulta inaceptable el uso de aditivos cuando se trata de realzar un sabor, colorear un alimento para que sea más vistoso o para devolverle el color que ha perdido durante los procesos de refinación; aquí nos enfrentamos directamente a maniobras comerciales que se han institucionalizado en la vida moderna, las cuales desde el punto de vista social sólo aportan dinero para unos pocos, gastos en salud que debe solventar el estado y enfermedad para muchos.

La sacarina es un buen ejemplo de esta situación. Aunque se ha demostrado que su consumo favorece el desarrollo de cáncer, se sigue usando como aditivo y complemento de regímenes para adelgazar; cualquier profesional que recomiende sacarina sin advertir los riesgos, está actuando inmoralmente porque nadie quiere cambiar unos kilos de más por un cáncer de vejiga.

Hay quien sostiene que el uso de fertilizantes es indispensable para producir alimentos para todos; no creemos que esto sea necesariamente cierto. Si lo analizamos en un contexto más amplio, el problema tiene muchas aristas; posiblemente los sistemas de producción de alimentos actuales sean incompatibles con la posibilidad de que nosotros y las futuras generaciones -que de seguir esta situación se verán sumamente afectadas-, gocemos de un promedio aceptable de salud. Si bien este es un problema que excede los alcances de este libro, ya que no sólo es una cuestión meramente nutricional, sino que repercute en lo político y económico, la decisión de muchas personas de pagar un poco más por un alimento orgánico, es un síntoma de cambio que debería generalizarse. Pagar más por nuestros alimentos de calidad repercutiría en un ahorro social en gastos de salud, lo que determinaría enormes ahorros para los presupuestos familiares y estatales, y lógicamente, una baja en los impuestos. Aunque muy simple, es un claro ejemplo de como pagar más cuesta menos; claro, que esto es un ejemplo que hipotéticamente funcionaría dentro de una lógica en la cual se aspire únicamente al bien común, y no como parece con frecuencia en los actos de poder, para cristalizar más poder en unos pocos y una creciente dependencia de las masas.

Es también totalmente insostenible la posibilidad de que a los animales de consumo se les inyecten hormonas para engordar o antibióticos excesivos que les permitan sobrevivir en condiciones lamentables; en el caso que se argumente que es necesario hacerlo por la gran demanda a satisfacer, deberíamos tener en cuenta que el consumo de carnes es excesivo. Aquí no planteamos ya si es necesario o no comer carne, lo que sí se sostiene es que su consumo excede lo que se puede tolerar sin perjuicios para la salud o lo que supuestamente se necesita para cubrir nuestra ración de hierro, proteínas o vitamina B12. Si se equilibrara razonablemente el consumo de carne, una producción mucho menor sería suficiente y no se perjudicarían los intereses de los productores ya que los consumidores pagarían gustosos por una carne de mejor calidad y mayor valor nutritivo.

¡Universos de Bendiciones para que el amor hacia toda la vida reine en el mundo!
Pablo de la Iglesia


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